Conde Bogavante

Retrato de Conde Bogavante

En un lugar de placeres discretos, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo, de los de monóculo en astillero, 911 lustroso y apetito corredor. Una mesa con algo más caviar que jamón, ostras las más noches, langosta los sábados, sushi los viernes y algún chuletón de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su mesa.

Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los treinta años; era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, poco madrugador y amigo de lo exquisito. Quieren decir que se llamaba Conde Bogavante, y bástenos con ello para nuestra historia.

Es, pues, de saber que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso —que eran los más del año—, gastábalos en hojear recetarios finos y crónicas del buen vivir, hasta ensoñarse con hazañas dignas de caballero. Y llegó a tanto su pasión que un día, ensimismado en aquellas lecturas, pensó lanzarse al mundo con su brioso corcel de metal, creyendo ser andante de la elegancia, empeñado en deshacer entuertos contra la vulgaridad y honrar a quienes gozaran de la nobleza del paladar.

Tal fue el origen de sus aventuras, y así comienza la leyenda del Conde Bogavante, que en vez de rocín flaco y lanza herrumbrosa, tenía 911 lustroso y monóculo gentil, deseando con su osadía dejar memoria de cuánto valor hay en tornar lo común en extraordinario, pues es la vida un hermoso camino a recorrer con brío y fantasía. ¡Dios dé buen provecho a su causa y a quien lo siga!